Cuando la bondad se hace ciencia: Gabriella Morreale

Completamente jubilada desde hace gabriela morrealeun año, Gabriella Morreale de Castro (Milán, 1930) descansa apaciblemente en su casa de Madrid, un reposo que se ha ganado con sus 60 años de investigación en el campo de la endocrinología, que estudia el funcionamiento y las enfermedades del sistema endocrino,  glándulas y hormonas.

Conozco personalmente a la doctora Morreale desde hace muchos años, pero es su hermana María quien me atiende al teléfono. Me avisa de la imposibilidad de entrevistarle a causa de “su avanzada edad”, pero me tranquiliza asegurándome que ella misma puede contarme mucho mejor que Gabriella los logros de esta, pues “nunca le ha gustado hablar de todo lo que ha ganado o ha hecho. Es demasiado humilde”.

Lo cierto es que sus méritos no son precisamente pocos. Licenciada en Química por la Universidad de Granada en 1955 con matrícula de honor y Premio Extraordinario, ha recibido casi todos los premios científicos que se otorgan en nuestro país: Premio Nacional de Medicina (1977 y 1997), Premio Severo Ochoa (1982), Premio de Investigación Reina Sofía (1982), Premio de Investigación Médica Gregorio Marañón (1997) y Premio Jaime I a la Investigación Médica (1998); aparte de galardones internacionales de sociedades científicas, como el European Thyroid Association (1985).

La mayoría de estos honores los comparte con su marido Francisco Escobar del Rey (Córdoba, 1923), su pareja desde que se conocieron como estudiantes en la Universidad de Granada e inseparable compañero de investigaciones desde 1951. Gabriella, además, fue nombrada Académico de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina en 1994 -con el añadido de ser la primera mujer- y ex presidenta de la Sociedad Española de Endocrinología y de la European Thyroid Association.

Gabriella y Francisco fueron los precursores de la endocrinología moderna en España y dos de los investigadores de endocrinología experimental más importantes a nivel mundial, lo que les ha provocado comparaciones con el matrimonio Curie, con los que coinciden en ser un matrimonio de científicos y pioneros en sus respectivos campos.

Su aportación más importante, sin embargo, es la llamada prueba del talón, que consiste en detectar anomalías en los niveles de yodo de un recién nacido mediante una extracción de sangre: una falta de este componente puede provocar trastornos tales como retraso mental severo, hipertiroidismo o hiperactividad. Solamente un tratamiento que comience muy poco después del nacimiento puede evitar la aparición de estos efectos.

Tras varios años de lucha contra la indiferencia lograron poner en marcha en 1976 un programa a nivel nacional de prevención de la subnormalidad basado en la prueba del talón, a pesar de que hacía tiempo que habían demostrado la correlación entre niveles de yodo y salud. Pocos años después Unicef adoptó la prueba y comenzó a aplicarla en todo el mundo, y desde 1990 la OMS recoge en su tabla de derechos el consumo de yodo durante el embarazo y la primera infancia. Su trabajo, por tanto, ha tenido un gran impacto en acciones de salud pública que han evitado miles de casos de cretinismo. Según cálculos de sus colegas, previene esta el retraso mental severo  aproximadamente 150 niños al año.

Sin embargo, el rasgo más definitorio de la doctora Morreale es su bondad. Sus colegas han destacado durante toda su carrera sus cualidades humanas sobresalientes, y los periodistas que la han entrevistado la han calificado como insuperablemente abierta, cercana o simplemente entrañable. A María no le quedan dudas de que la humanidad sea el rasgo más genuino de su hermana. Cuenta, por ejemplo, cómo en los años cincuenta importantes investigadores invitaron a Gabriella y Paco a trabajar en Holanda o Estados Unidos; pero ellos decidieron volver a España, donde apenas existía la especialidad y no tenían apoyo estatal. “¿Por qué?”, pregunto. “Por dos razones: porque habían estudiado en Granada y porque los alimentos de España son los que menos yodo tienen -por el suelo-, y por lo tanto donde más falta hacían sus estudios”.

María empieza a emocionarse. “Solo hay que ver su trabajo”, y prosigue: “¿Qué ha estudiado durante más de medio siglo?” Conozco la respuesta: cómo evitar enfermedades y discapacidades en los recién nacidos -e incluso antes-. Me cuenta, con un orgullo tan entrañable como merecido, cómo Gabriella estuvo años trabajando en las Alpujarras, una región de Andalucía, sin más ayuda estatal ni subvenciones que la colaboración de un alguacil. Entre esos pueblos andaluces, trabajando sin laboratorio ni estudio, logró que la población infantil con cociente intelectual inferior a la media pasara del 43% a 20%.

“Y después de todo lo que ha hecho”, sigue María, “¿sabes cuál es su orgullo?” No lo sé. “Una carta”, dice. Se ríe. Es una carta del Vaticano. “Le escribió  el año pasado al Papa diciéndole que estaba muy gordo y que por su salud debía adelgazar, y él le contestó diciendo que gracias, que lo intentaría”. Se ríe de nuevo y le acompaño, aunque no sé muy bien por qué. Tal vez por la excesiva humildad de su hermana.  Tal vez porque le haya enviado una carta a Francisco I solo para decirle que está gordo. O, tal vez, por la sorpresa de ver que aunque Gabriella tenga un sobresaliente como científica, la matrícula se la lleva como persona.

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